lunes, abril 16, 2018

Hoy es siempre todavía



Escribí este libro en los meses de enero y febrero del 2018. Había terminado mi tratamiento y recobrado mis fuerzas, y ya me sentía mejor. Renovado. Tenía un examen pendiente, una cita ominosa con mi destino. Sabía que mis días eran inciertos y que debía aprovechar la oportunidad. Escribí este libro, como dice el poeta, desde el tiempo presente, con la urgencia de contar mi historia. Tal vez esa sea la esencia de todo, de los días y los años de nuestras vidas: tener, al final de cuentas, una historia que contar y contarla a tiempo.

viernes, marzo 30, 2018

Aclaraciones

La noticia, con todo lo que tiene de trágico, triste y desconsolador, ha sido reportada con insistencia durante los últimos días: el mayor Edward Alexander Ossa murió de un cáncer en EE. UU. y su familia ha tenido que recurrir a la solidaridad de sus compatriotas, de nosotros los colombianos, para pagar una cuenta pendiente de más de 50 mil dólares en gastos médicos.

Sobre la dimensión humana de la noticia, solo cabe expresar la solidaridad, el aprecio a la familia y, por supuesto, la intención de contribuir, en la medida de nuestras posibilidades, a aligerar las penurias económicas que exacerban el dolor ya insoportable de esta muerte prematura.   

Pero existe también una dimensión pública de este caso. Respetuosamente quisiera hacer varias aclaraciones al respecto.

Primero, este caso no compete directamente al Sistema General de Seguridad Social en Salud (SGSSS), a nuestro sistema de salud, sino al régimen especial de las Fuerzas Armadas.

Segundo, no creo que, sin conocer la historia clínica, sin analizar los detalles del caso, pueda decirse, como han dicho algunos periodistas, que los oncólogos colombianos son incapaces de diagnosticar un cáncer renal. Muchos de nuestros oncólogos tienen el mismo conocimiento y la misma preparación de sus homólogos en Estados Unidos y Europa. La calidad de nuestra medicina oncológica es innegable.

Tercero, el cáncer es una enfermedad compleja (por definición). Los tratamientos son inciertos y las posibilidades terapéuticas no son infinitas. La medicina moderna, a pesar de todos sus avances, tiene límites. La tiranía de la esperanza nos lleva, a todos, a desconocer estos límites. No es fácil (lo sé por experiencia), pero cualquier análisis de este caso (y otros similares) debería diferenciar entre las fallas de los sistemas de salud y los límites de la medicina moderna. 

Y cuarto, este caso pone de presente, de manera indirecta, paradójica, una de las ventajas de nuestro sistema de salud: la protección financiera. Salvo contadas excepciones, las familias colombianas no tienen que hacer colectas públicas para pagar por la salud. En términos de protección financiera, nuestro país está en el mismo nivel de los países europeos de la OCDE. El gasto de bolsillo en Colombia es sustancialmente menor que en casi el resto de los países de América Latina. A veces incumbe valorar lo que tenemos.  

miércoles, marzo 14, 2018

Mentalidad paranoide

En 1964, el historiador norteamericano Richard J. Hofstadter publicó un influyente ensayo sobre la paranoia en la política . El político paranoide —escribió Hofstadter— “no percibe el conflicto social como algo que pueda ser mediado o negociado, como lo hacen los políticos tradicionales. Como lo que está en juego es el conflicto entre el mal absoluto y el bien absoluto, lo que se requiere no es un compromiso sino la voluntad de luchar hasta el final. Como el enemigo es considerado totalmente perverso, tiene que ser completamente aniquilado [...] del teatro de operaciones sobre el cual el paranoide dirige su atención”. 
 
Para el político paranoide, el enemigo es “un ejemplo perfecto de maldad, una especie de supermán amoral: siniestro, ubicuo, poderoso, cruel y lujurioso”. El enemigo “causa depresiones, manufactura desastres […] controla la prensa, tiene fondos ilimitados, posee técnicas especiales de seducción y es capaz de lavar la mente de las personas”. 

El político paranoide parece siempre dispuesto a la confrontación intelectual. En sus repetidos pronunciamientos presenta datos, revela conexiones, muestra hechos, etc., con una obsesión casi académica. Pero la apariencia es en este caso engañosa. El político paranoide no está interesado en la comunicación de doble vía que caracteriza el intercambio intelectual,  “no es un receptor, es un transmisor”. La acumulación de información le sirve para convencerse a sí mismo, para alimentar sus odios y sus miedos, no para convencer a los otros. Sea lo que sea, los datos, los hechos diligentemente enunciados, nunca justifican las conclusiones fantasiosas, las historias de conjuras y conspiraciones.
 

lunes, febrero 26, 2018

Yo soy tibio

  1. Intento mantener cierta provisionalidad en mis opiniones, cierta maleabilidad de pensamiento.
  2. Creo que la lucha por la igualdad de condiciones y la dignidad humana debe respetar la inteligencia y el trabajo de quienes nos antecedieron.
  3. Desconfio de los discursos fundacionales.   
  4. Tengo una guía ambigua, “ni resignación, ni desmesura”.
  5.  Entiendo que la derecha se aferra a la realidad y la izquierda, a las quimeras. A veces    toca lo uno. A veces, lo otro.
  6. Opino que la perfección es una idiotez, pero también que todas las instituciones son perfectibles.
  7. Creo que, en la raíz de muchos problemas sociales, hay dilemas colectivos irresolubles, trágicos, sobre los que nunca nos pondremos de acuerdo.
  8. Considero que las fallas de mercado deben evaluarse a la luz de las fallas de estado y viceversa.
  9. No me hago muchas ilusiones con la política. Las adhesiones políticas no deberían ser una pasión desbordante. 
  10. Sé que la tibieza es una posición precaria. A todos nos atraen los extremos.

jueves, febrero 22, 2018

Estadistas vs. Profetas

A finales de los años cincuenta, un brillante estudiante de ciencias políticas, iconoclasta y rebelde (en el sentido académico del término), publicó un libro acerca de la diplomacia europea durante la primera parte del siglo XIX. El libro ha sido ya olvidado, sepultado, como tantos otros, entre millones de tesis y artículos académicos sin lectores, huérfanos, condenados a la irrelevancia: muchos profesores ya no tienen tiempo para leer, pues están muy ocupados escribiendo textos que nadie lee. El autor del artículo tiene todavía cierta notoriedad, ganada no en las aulas de la academia, sino en los salones del poder. El autor fue el maquinador político por antonomasia de la guerra fría. Nadie más y nadie menos que Henry A. Kissinger. 

Henry A. Kissinger planteó una clasificación binaria de los estilos de la política. De un lado, escribió, está el estadista, siempre cauteloso, dubitativo, atrapado en sus cavilaciones hamletianas. El estadista “es consciente de las muchas esperanzas que han fracasado, de las buenas intenciones que terminaron en nada, y del egoísmo, la ambición y la violencia”. Cree en el gradualismo. Evita los experimentos más ambiciosos, las reformas más radicales y los cambios más arriesgados. Evita también la personalización de la política y las relaciones exteriores. Sabe bien de la “fragilidad de las estructuras que dependen de un solo individuo”. 

Del otro lado, señaló el joven Kissinger, está el profeta, ajeno a las dudas y cavilaciones, seguro de sí mismo, inmune a los hechos. El profeta desecha el gradualismo como una concesión injustificable. Tiende a suplantar la realidad por su visión exaltada del mundo. Cree en las soluciones totales y definitivas. Tiene más propósito que metodología. “El profeta representa una era de exaltación, de grandes levamientos, de vastas posibilidades, pero también de enormes desastres”. 

Pero ante todo, el profeta es un crítico del sistema y del orden establecido, representa lo que el mismo Kissinger llamó “un poder revolucionario”, esto es, un poder que pone en cuestión la legitimidad del sistema imperante. El profeta no cree en las reglas de juego. No respeta las reglas de juego. Pretende el mismo definir, a su manera, por sí solo, las reglas de juego. 

Yo no creo en las analistas clarividentes. Pero resulta imposible, después de leer estas elucubraciones, escritas hace más de 60 años, no señalar su actualidad, su vigencia para entender la realidad del mundo actual. Kissinger estaba escribiendo acerca de la realidad política de la Europa decimonónica, pero parece estar escribiendo sobre la realidad política de los Estados Unidos en el siglo XXI. Obama personifica, casi de manera exacta, al estadista. Trump, por su parte, personifica, aun con mayor precisión, al profeta. Con todo, la clasificación propuesta por Kissinger es ilustrativa y reveladora. 

Pero más reveladora e inquietante es su conclusión, su análisis sobre el fracaso de la diplomacia y los poderes tradicionales ante la arremetida del poder revolucionario, ante la llegada estrepitosa de los profetas: 

Confundidos por un período de estabilidad que parecía permanente, ellos [los representantes del poder establecido] encuentran casi imposible tomarse en serio las aseveraciones del poder revolucionario en cuanto su intención de destruir el orden vigente. Los defensores del status quo, por lo tanto, tienden a tratar al profeta como si sus protestas fueran meramente tácticas; como si en realidad estuviera simplemente tratando de acrecentar su poder de negociación, como si sus pretensiones abarcaran algunos aspectos específicos dirimibles mediante concesiones limitadas. Aquellos que advierten el peligro son considerados alarmistas, los que aconsejan la adaptación son por el contrario considerados sensatos y equilibrados [...] Pero la esencia de los profetas es que están impulsados por el coraje de sus convicciones y dispuestos a llevar las cosas hasta el final. 

La advertencia de Kissinger es inquietante, a saber, la sociedad y los poderes tradicionales no están preparados para hacer frente a la embestida de los profetas. Bajan la guardia. Minimizan el peligro. Limitan la oposición. Ignoran los indicios más preocupantes. Van sumando concesiones, perdiendo la libertad y entregando la democracia poco a poco. Paso a paso. Ha ocurrido ya muchas veces. Con frecuencia la pasividad le abre paso al desastre. 

En varias partes del mundo, la gente parece haberse cansado de los estadistas y su exceso de realismo, y ha optado, entonces, por los profetas y sus visiones exaltadas. Las consecuencias podrían ser desastrosas. Los profetas con frecuencia no advierten los desastres, los ocasionan.

miércoles, diciembre 13, 2017

No vean las noticias

(discurso pronunciado en la ceremonia de grado de la Universidad EIA en diciembre 12 de 2017)

Doy este discurso con algo de nostalgia, con la idea dominante de una vida ya vivida. Crecí no muy lejos de aquí, a cinco minutos a pie. Recuerdo bien mis travesías. Saltaba presuroso la canalización, cruzaba las mangas de Tejicondor, pasaba raudo por el parque de la esquina y llegaba a mi casa de dos plantas, jadeante pero sano y salvo. En este colegio, el colegio San Ignacio, estudió mi padre. Yo no fui admitido por razones misteriosas, perdidas en el tiempo. Me gradué de ingeniero civil en 1987, en la quinta promoción de esta Universidad. Aprendí a integrar por partes, a derivar parcialmente y a invertir matrices, entre otras muchas cosas, que no he olvidado a pesar de una vida dedicada a otros asuntos, a los problemas sociales de nuestro país, siempre acuciantes. 

Casi ninguno de Uds. había nacido cuando yo era ya un estudiante de ingeniería. No he olvidado mis primeros años en la “Escuela”. Mi obsesión con los computadores. Mi fascinación con las calculadoras programables. Mi afición a los métodos numéricos. De todo aquello, de los cientos de semanas dedicadas a la programación, conservo una preferencia por el pragmatismo, por los problemas bien definidos, por las soluciones concretas para problemas concretos. 

Hace treinta años, pronuncié el discurso de grado de mi promoción.  Recuerdo la esencia del alegato: la aspiración humanista, la queja por la instrumentalización de la educación y la irreverencia impostada. En los últimos años he pronunciado muchos discursos de grado. Demasiados tal vez. No es un buen indicio, dirán algunos. Otros, más francos, insinuarán que estoy entrando en la etapa “Paulo Coelho” de mi carrera, en la filosopausia como dicen los académicos gringos, siempre críticos de los generalistas. 

Los discursos de grado son una tradición cuestionable. Los consejos gratuitos tienen en general poca audiencia. Estamos ya sentados en el avión. Todo está listo para el despegue. Nos hemos abrochado el cinturón. La azafata recita, entonces, sus recomendaciones. Pero no prestamos atención. No nos interesan sus advertencias. Ya veremos qué hacer si algo grave pasa. Nadie puede enseñarnos a vivir por adelantado. En fin, así me siento ante Uds., como la azafata locuaz ante su audiencia indiferente. 

No voy a abrumarlos con muchos consejos. Dudo, ya lo dije, de la eficacia de las arengas. Voy a ser económico. Pragmático. Simplista. Voy a hacerles una sola admonición. No va a cambiarles la vida. Ni va a transformar sus carreras. Pero sí puede hacerlos ligeramente más felices. Levemente más optimistas acerca de nuestro mundo, nuestro tiempo y nuestro país. 

Mi único consejo es simple: no vean los noticieros de televisión. Cambien de canal. Apaguen el televisor. Hablen con sus padres. Llamen a la novia. Jueguen video juegos. Lean El Quijote. Pero no les presten atención a las noticias. 

Espectadores sin memoria 

Empecemos con un primer punto. Las noticias son repetitivas, exasperantes. La música apocalíptica de la apertura presagia que algo extraordinario ha ocurrido. Pero la verdad es otra, casi nunca pasa nada. Las noticias son las mismas día tras día. Rutinarias, predecibles, un inventario de la miseria humana: asesinatos, violaciones, robos, actos de corrupción, etc. 

Los noticieros se han convertido en versiones audiovisuales de los tabloides, de El Espacio: sangre en la portada, soft porno en la contraportada y, en el medio, las fechorías de políticos. Los noticieros–dice Mario Vargas Llosa—legitiman “lo que antes se refugiaba en un periodismo marginal y casi clandestino: el escándalo, la infidencia, el chisme, la violación de la privacidad, cuando –en los casos peores—el libelo, la calumnia y el infundio”. Todo parece construido para saciar nuestra curiosidad perversa, nuestro apetito de escándalos. 

Esa carga de negatividad diaria nos va convirtiendo en "espectadores sin memoria". El escándalo de hoy reemplaza al de ayer. Los noticieros venden lo efímero como si fuera duradero. Prometen la novedad, pero entregan la rutina. Uno ve uno y los ha visto todos. 

Pesimismo artificial 

Pasemos a otro punto. Los noticieros entorpecen nuestro entendimiento del mundo. Si quieren entender el mundo, no vean las noticias. Las noticias se ocupan del estruendo, el escándalo y la tragedia individual. Pero el cambio social es gradual, parsimonioso, acumulativo y, por lo tanto, invisible. No suscita titulares. No genera emociones. No vende. 

En nuestro país, por ejemplo, la tasa de pobreza es la menor de la historia. La tasa de homicidio, la menor en cuarenta años. La mortalidad infantil ha disminuido sustancialmente. La desnutrición también ha descendido. Pero la mayoría piensa que estamos viviendo en el peor de los tiempos, en medio de un desastre sin nombre. Los noticieros han creado una suerte de pesimismo artificial. Mentiroso. 

Les propongo el siguiente ejercicio sociológico. Podríamos llevarlo a cabo hoy mismo, al final de esta ceremonia. Seleccionemos un ciudadano al azar, un típico consumidor de noticias, y hagámosle seguidamente la siguiente pregunta: “¿cree Ud. señor que la desnutrición en Colombia ha empeorado?” Anticipo que responderá indignado, “por supuesto”. Nuestro televidente no intuye, no sospecha siquiera, no conoce que hace 25 años uno de cada cuatro niños en Colombia estaba desnutrido, mientras actualmente uno de cada diez está en la misma condición. Las noticias han generado una suerte de negativismo por reflejo. 

No quisiera agobiarlos con tareas, pero voy a proponerles una muy simple. No tomará más de cinco minutos de su tiempo. Quiero que, uno de estos días, vayan a Youtube y hagan la siguiente búsqueda: "Hans Rosling_noticias". Encontrarán un video en el que Rosling confronta a un periodista en Dinamarca. Rosling, uno de mis héroes intelectuales, falleció recientemente después de una vida dedicada a visibilizar el cambio social, a mostrar, con humor y sapiencia, la mejoría en el bienestar y la salud de la humanidad. En el video de marras, exasperado con su interlocutor, se agacha súbitamente, coge uno de sus pies con la mano, lo levanta en el aire, señala la suela del zapato y le pregunta retóricamente al presentador, “¿considera Ud. que solo mostrar  la suela de mi zapato da una idea verosímil de mi apariencia?” Todas las suelas son iguales. No vale la pena sentarse frente a la pantalla a ver lo mismo todos los días. 

Daniel Kahneman, un pensador imprescindible y premio Nobel de Economía, ha llamado la atención sobre una falencia cognitiva, sobre el llamado sesgo de disponibilidad. Así la tasa de pobreza fuera muy baja, ínfima, de 1%, habría siempre miles de tragedias que mostrar, suficientes para llenar todos los noticieros. Sin contexto, sin análisis y sin investigación, cada tragedia se presenta como el resumen de una esencia, como la regla, no como la excepción. Las noticias, sugiere Kahneman, nos llevan a sobrestimar los riesgos y subestimar los avances. A menudo confundimos la pantalla con la realidad. 

Rolf Dobelli, otro pensador imprescindible, escribió recientemente un libro que compendia cien errores que atrofian el pensamiento. El penúltimo reitera una admonición ya reiterada: no vean los noticieros. Otros innovadores, cabría citar, por ejemplo, a Elon Musk, aconsejan lo mismo. Predican por conveniencia el optimismo. 

Queridos graduandos, les tengo una buena noticia. No sé si ya la conocían. Uds. pertenecen a la generación más afortunada de la historia de la humanidad. En promedio, ninguna generación previa ha vivido tanto como vivirán Uds. Nadie viajará tanto. Ni probará tantos sabores. Ni verá tantas películas. Nadie ha tenido tanta libertad ni tanto acceso al conocimiento. En sus bolsillos todos guardan un aparatico brillante, el Aleph de Borges, una ventana al mundo, a todo el conocimiento humano. Pero paradójicamente muchos piensan que estamos viviendo en el peor de los mundos. Mi invitación respetuosa es al optimismo basado en la evidencia. 

Por supuesto millones sufren todavía por el hambre, la enfermedad, la guerra, el odio y la corrupción. Pero el pesimismo no resolverá ninguno de estos problemas. Por el contario. Puede agravarlos. 

Sobrevaloración de la política 

Pasemos ahora a un último punto. Los noticieros no solo invisibilizan el cambio social; generan también otra idea equivocada: una sobrevaloración de la política, de las leyes y de los pronunciamientos de congresistas, jefes de organismos de control y ministros (me incluyo). Las leyes, por ejemplo, no cambian el mundo. Algunas veces son más una forma de evasión que un instrumento para la solución de los problemas. La política se caracteriza con frecuencia por la máxima grandilocuencia y la mínima eficacia. Los noticieros tristemente amplifican la farsa. 

Buena parte de la vida ocurre por fuera de la política. Muchos de Uds., estoy seguro, harán un gran aporte a la sociedad desde ámbitos más privados, más íntimos, más invisibles, donde nunca llegarán las cámaras ni los micrófonos. Si queremos cambiar el mundo, podríamos comenzar por el principio, por agradecer a nuestros padres como lo hacemos extrañamente los seres humanos, juntado nuestra boca a su mejilla, contrayendo los cachetes y haciendo un ruido instantáneo con los labios. Podríamos también estrecharle la mano a los compañeros más distantes. O abrazar a los profesores, quienes viven en últimas, lo sé por experiencia, del afecto de sus alumnos. 

Por último, no olviden usar el aparatico ese que brilla, el Aleph de Borges, para tomarse fotos con sus padres y hermanos. Deben guardarlas en la nube, en algún lugar seguro. Con el tiempo pocas cosas serán más preciadas. Los testimonios del amor son invaluables. 

Les deseo una vida plena. Plena de amores, lugares, sabores y experiencias. Les recomiendo el optimismo. Afortunadamente hoy no tendremos tiempo para ver el noticiero. Un abrazo a todos de todo corazón.

Desatando una pandemia de salud

(prólogo al libro de Alejandro R. Jadad y coautores) 


Conocí a Alex Jadad en 2015. En una de las tantas reuniones sobre el presente y el futuro de nuestro sistema de salud. Trabamos desde entonces una amistad basada en la complicidad de lecturas compartidas y en cierta impaciencia con el presente. Compartimos cierto existencialismo festivo, si cabe el término y vale la contradicción. 

Recuerdo una frase de su presentación de 2015, una cita de la antropóloga Margaret Mead, quien creyó, como Gauguin y tantos otros, haber encontrado el paraíso en la tierra en una isla del Pacífico Sur. Desde la Ilustración el buen salvaje ha sido un refugio romántico e ilusorio para muchos intelectuales. Ilusorio sin duda. Decía Karl Popper que el paraíso le será negado a quien ha probado los frutos del conocimiento. 

Pero no quiero desviarme del tema. Volvamos a la cita de Margaret Mead: “nunca duden de que un grupo de ciudadanos pensantes y comprometidos puede cambiar el mundo. Ciertamente es el único modo de hacerlo”. 

Quiero proponer la siguiente interpretación de este libro, de este esfuerzo de Alex y sus coautores. En el lenguaje de los sistemas dinámicos, se trata de sacudir el sistema, perturbar el equilibrio actual y movernos hacia un equilibrio distinto, hacia una situación más favorable. No es fácil, pues los equilibrios muchas veces persisten como resultado de dinámicas de refuerzo mutuo, de fuerzas que se entrelazan. 

El equilibrio actual podría describirse de la siguiente manera: gastamos más de lo que tenemos (de allí las deudas), hacemos más de lo debido, tenemos una fijación con lo nuevo, estamos obnubilados por la tecnología, sufrimos de un divorcio entre valor y precio, y, lo peor de todo, no estamos contentos. Nadie está satisfecho. Pero seguimos pidiendo (irracionalmente) más de lo mismo. 

Cabe mencionar a Thomas Schelling y su idea reveladora de los micro-motivos y los macro-comportamientos. Todo el mundo se comporta racionalmente en lo micro, en su ámbito particular, pero el comportamiento macro es irracional, casi absurdo. 

Hago un paréntesis sobre la insatisfacción con la salud en general y los sistemas de salud en particular. Alex Jadad me enseñó hace unos años que resulta inconveniente usar indicadores de satisfacción para evaluar los sistemas de salud. Para convencerme del cuento, de los peligros de las métricas basadas en la satisfacción, me recomendó la lectura del pensador brasileño Roberto Unger. Unger resumió acertadamente nuestras cargas existenciales en tres puntos: la muerte (inevitable), la tarea ardua de reconocer el absurdo de la existencia sin renunciar a los desafíos de la libertad y la insatisfacción permanente, la trampa hedonista, el siempre querer más. En suma, somos insaciables como especie: la catástrofe ambiental así lo confirma. 

Pero volvamos a nuestro tema de fondo, a la idea de movernos hacia un mejor equilibrio, más conveniente en términos de bienestar y sostenibilidad. El nuevo equilibrio se caracterizaría por hacer lo justo, gastar solo lo que tenemos, usar lo que funciona, mejorar el bienestar de todos y convertirnos en co-creadores de nuestra salud. 

De eso se trata este esfuerzo, de un salto cualitativo entre equilibrios. Pero no es fácil. Alex y sus coautores sugieren que se requiere un gran cambio cultural. Debemos dejar atrás un conjunto de falencias cognitivas que casi nos definen como especie: el sesgo de confirmación, el sesgo de statu quo (todo el mundo quiere reformar la salud hasta que alguien se atreve), el efecto dotación (nos enamoramos de lo propio así no nos guste) y la aversión a la pérdida. 

Para cambiar el equilibrio, debemos, a su vez, cambiar las expectativas, las creencias y la forma de tomar decisiones: la heurística propia que nos lleva a hacer mecánicamente lo mismo día tras día sin reparar en las consecuencias. 

Debemos comenzar por el principio, sugiere el libro, por la definición de salud. En lugar de enfatizar las carencias, la ausencia de enfermedad o el bienestar completo, deberíamos enfatizar nuestras habilidades, nuestras capacidades para lidiar con los problemas prácticos de la vida, en particular, nuestra capacidad para crear salud colectivamente. La salud no es algo que la gente pueda recibir pasivamente. No es un subsidio. No es un entregable. 

Movernos de un equilibrio a otro no solo implica un cambio de mentalidad en médicos, ciudadanos y demás, requiere también enfrentar intereses poderosos. Requiere, específicamente, combatir la excesiva medicalización de la vida, el amor, la vejez y la muerte. No es una lucha fácil sobra decirlo. Como bien señala Alex, los mercaderes de la inmortalidad suelen ser poderosos. 

En la búsqueda del objetivo planteado, debemos trabajar en dos ámbitos: el macro, esto es, el ámbito de la política púbica. Y el micro, que es el propuesto por el libro. En el ámbito macro, vale la pena hacer una enumeración de las políticas más relevantes que hemos puesto en práctica: la mejor definición de los beneficios (con las excusiones, por ejemplo), la regulación de los precios de medicamentos y dispositivos, la adecuada capacidad de discernimiento (con el fortalecimiento de la puerta de entrada de nuevas tecnologías), la consecución de mayores recursos, los mejores incentivos y las rutas de atención. 

En el ámbito micro, el ámbito propuesto por el libro, quisiera destacar tres elementos: la relevancia de construir salud desde el ámbito laboral, la importancia de una organización comprometida (la Federación Nacional de Cafeteros en este caso) y la necesidad de extrapolar estos esfuerzos a otras empresas y entornos. 

El cambio social es casi siempre un esfuerzo de abajo hacia arriba. La Federación de Cafeteros quiere convertirse en el foco infeccioso que desate la pandemia de la salud. Eso hay que celebrarlo. En la Federación tuve mi primer trabajo como economista. Allí hice mi primera investigación, un artículo sobre la zoca del café y sus determinantes. Allí estudié minuciosamente los efectos del café sobre la economía colombiana. Todo eso fue hace ya 25 años. 

Ahora regreso, la vida tiene sus vericuetos, a celebrar esta iniciativa que apunta a una mejor salud para todos. Ojalá este esfuerzo fructifique. Puede convertirse con el tiempo en un orgullo para Uds. y en un ejemplo para el mundo. 

Volvamos, para terminar, a Margaret Mead: no hay nada imposible para una comunidad pensante y comprometida. 

 Bibliografia 

Schelling, Thomas, Micromotives and Macrobehavior, W.W. Norton & Company, New York City, 1978. 

Unger, Roberto Mangabeira, The Religion of the Future, Harvard University Press, Boston, 2014.

miércoles, noviembre 29, 2017

Reseña de la biografia de Rodolfo Llinás


Pablo Correa ha escrito un libro especial, una rareza en nuestro medio: un libro de divulgación científica claro y profundo al mismo tiempo. No era una tarea fácil por al menos tres razones: Llinás el científico, el intelectual y el individuo. Los tres son complejos. Inescrutables unas veces. Inquietantes otras. Interesantes siempre.

El individuo 

En cierta medida el Dr. Llinás representa el estereotipo del científico: ensimismado, excéntrico, adicto al trabajo, intolerante con la mediocridad, agresivo intelectualmente, etc.

Pero, como lo muestra sutilmente el libro, hay un atributo de su personalidad que resalta sobre los demás: el arrojo, la seguridad en sí mismo. Llinás es la antítesis del intelectual periférico. No tiene miedo. No es Caldas temblando ante Humboldt. Ni Patarroyo abrumado por su origen, por su condición de hombre de ciencias del tercer mundo. Cuando era un joven estudiante de medicina, se empecinó en ir a visitar al famoso neuro-fisiólogo y premio Nobel suizo Walter Hess: “me aparecí por el instituto. Les expliqué que era in estudiante de medicina. Les pareció fantástico. No habían visto a un suramericano”. Siempre, desde el comienzo de su carrera, se codeó con los grandes científicos de su campo. Nunca se amilanó ante los jerarcas de la neurociencia. Nunca lució intimidado por su origen geográfico. Todo lo contrario. La autoconfianza casi lo define.

Hay otra característica sobresaliente del Dr. Llinás que también resalta el  libro: su relación con las mujeres y con los asuntos prácticos de la vida. Hay allí un elemento garciamarquiano. O al menos, un elemento presente en las obras de García Márquez. Úrsula Iguarán, recordemos, se ocupaba de todos los asuntos de la casa mientras el Coronel Aureliano Buendía elaboraba pescaditos de oro en un improvisado laboratorio de alquimista. A Llinás, las mujeres lo alistan como un niño, lo protegen de las inclemencias de la vida práctica y lo ayudan en las relaciones sociales. “No se entera de nada, tengo que resaltarle en rojo, con espacios, lo importante”, dice Patricia su hermana con candidez. Patricia jugó un papel clave en este libro. Sin ella, infiero, el biógrafo habría fracasado en el intento. 

El científico 

Llinás es un científico multifacético. Se ocupa con igual maestría de las pequeñas y las grandes preguntas. Hace un trabajo impecable en el laboratorio y es al mismo tiempo un pensador original. Se desenvuelve con presteza en lo micro y en lo macro. Es un experto en el sistema nervioso y en la teoría de la mente.

Tal vez su visión más interesante, como se muestra con claridad en el libro, es la del cerebro como una maquina anticipatoria; activa, no reactiva; automática, no dependiente de los estímulos externos. Una máquina que predice el próximo movimiento, que “camina sola” por decirlo de alguna manera. Los tunicados tienen cerebro cuando se desplazan en el mar al comienzo de sus vidas. Lo pierden cuando, más tarde, ya en su madurez, se transforman en plantas marítimas.

En el mismo sentido, sugiere el Dr. Llinás, el pensamiento es activo y automático. El cerebro es también una máquina de soñar. En la noche, sin estimulos, lo hace caprichosamente. En el día, con estímulos, tiene más restricciones. Pero en general el cerebro parece autónomo, genera sus propias historias, sus propios mapas y modelos virtuales del mundo. Cuando se juntan o se unifican las dos historias, la generada internamente y la realidad externa, surge el sí mismo. La máquina de soñar se reconoce, entonces, a sí misma.

El libro narra otras dos historias interesantes e inquietantes al mismo tiempo. Ambas muestran una faceta distinta del Dr. Llinás, su faceta de científico aplicado, su regreso a la medicina. La primera historia tiene que ver con las trepanaciones del doctor Jeanmonod y la magneto-encefalografía. Sin conocer los detalles, basado meramente en lo publicado en el libro, el asunto parece extraño. La conexión entre la teoría (las disritmias talamocorticales) y la práctica quirúrgica (las microcirugías craneanas) parece incipiente. Insuficientemente explorada. El libro no menciona la existencia de ensayos clínicos. Ni de estudios de seguridad y eficacia. Las anécdotas son convincentes, pero no pueden por sí solas, creo yo, justificar un procedimiento invasivo con obvias consecuencias bioéticas.

La segunda historia tiene que ver con las nanoburbujas. El libro menciona la evidencia de sus propiedades benéficas en animales y describe también una teoría plausible sobe los mecanismos moleculares. Pero la teoría es preliminar. Todavía especulativa. Por lo tanto, los ensayos clínicos propuesto en Colombia por el Dr. Llinás hace unos años son, en mi opinión, inquietantes. Afortunadamente no fructificaron. Las nanoburbujas, sugiere el libro, son todavía una teoría en construcción. Sus aplicaciones tendrán que esperar más tiempo.

El pedagogo 

El libro muestra otro papel del Dr. Llinás, su papel de pedagogo y hombre público. Es el papel que más lo ha acercado a Colombia.  El que lo ha conectado con su país. Pero ha sido también un papel frustrante. Lo ha enfrentado a un monstruo conocido e invencible: la burocracia estatal.  

Su visión de la educación es clara: debe enfatizarse la creatividad y proscribirse la memorización y el aprendizaje sin contexto. El aprendizaje solo ocurre, en su opinión, si existe un marco general, una cosmología. Nunca aprendió mucho de sus maestros en el colegio y la universidad. Aprendió, eso sí, de su abuelo y sus tutores. Sobre la educación en Colombia, escribió lo siguiente: “se enseña sin asegurarse de que se entienda lo aprendido. La diferencia entre saber y entender es monstruosa”. 

Esta parte de la biografía es triste. La misión de los sabios quedó en nada, la máxima grandilocuencia y el mínimo de resultados. Los esfuerzos posteriores de Llinás por desarrollar un pensum para la educación, desde prescolar a bachillerato, quedaron engavetados. Y el esqueleto de tiranosaurio que quiso traer a Colombia y del cual regaló la cabeza, quedó desmembrado, convertido, como bien lo señala le libro, en una metáfora involuntaria sobre la ciencia y la educación colombianas. 

La pregunta difícil 

La pregunta difícil, en palabras del filósofo australiano David Chalmers, es la pregunta por el carácter subjetivo de la experiencia, por la conciencia. Rodolfo Llinás pertenece a dos campos: el del naturalismo (poético), que insiste en que la conciencia puede ser explicada por las leyes de la física; y el del optimismo, que insiste en que la ciencia, más temprano que tarde, revelara el misterio. Si alguien me dijera: ‘le explico cómo funciona el cerebro, pero luego lo mato’, yo le diría ‘perfecto’”, cuenta Llinás al comienzo del libro. La frase resume una vida dedicada a la más difícil de las preguntas y contada con maestria por esta, su primera biografía.